Los cien rostros de Robert Smith

Fuente: Cucharasonica.com

¿De verdad es fácil recordar cuál fue la primera vez que escuchaste a tu banda favorita? Puede que sí, de hecho, al hacer esta pregunta, más de uno ya estará pensando en la canción que introdujo por primera vez a tus oídos a esa banda que no has dejado de oír desde entonces. Aunque yo creo que no es tan simple. Por ejemplo, yo recuerdo perfectamente bien la primera vez que conocí y me enamoré de mi grupo preferido, aunque el otro día encontré un cassette con grabaciones de la radio y me sorprendí al encontrar ahí una de sus melodías. Por supuesto me di cuenta que ya había escuchado a ese grupo antes, sólo que no lo había reconocido o puesto atención y de todas maneras la “primera vez” oficial es una historia mucho más bonita. Pero en fin, esa es otra cosa.

El asunto es que, cuando uno escucha a una banda por primera vez, regularmente te formas una idea de su sonido en tu cabeza que te acompaña durante ese épico viaje en el que pasas de ser un escucha a ser un fan y que incluso podría ser definitivo a la hora de juzgar un cambio en el sonido de dicha agrupación. Y sin embargo, a veces es indispensable olvidar ese primer momento para poder apreciar mejor a alguien. Por ejemplo, la primera vez que yo escuché a Robert Smith y a The Cure (o que recuerdo haberlos escuchado, porque seguramente ya los había oído antes sin darme cuenta) fue con “Lovesong”, una canción que bien podría ayudarnos a definir lo que es y no ha sido la carrera de esta agrupación y su líder a lo largo de los años.

Porque aquellos que, como yo, han, en un primer momento, escuchado a la agrupación con sus canciones más pop, seguramente tendrán en su cabeza a este Ronald McDonald gótico asegurando con una sonrisa muy torcida ante la cámara que los viernes anda enamorado. Y sin embargo, esta misma imagen causa horror a todos esos fans que hoy siguen vistiendo de negro y que no conciben otro The Cure que el que tuvimos hasta Pornography.

¿Y cómo es que este símbolo gótico pasó de ser el rey de la oscuridad a atraer adolescentes a sus conciertos? Muy simple, porque Robert Smith no siempre es un desgraciado e incluso disfruta la vida, muy a pesar de sí mismo, como él ya aseguró alguna vez. Pero sobre todo, porque para Smith no hay góticos ni pop ni géneros con los que casarse ni una sola cara que mostrar. Sino cientos de variantes definidas sólo por él y su gusto por la música.

El que algún día llegaría a convertirse en el ícono de varias generaciones y en referencia obligatoria para un montón de bandas actuales (nos gusten o no, esto es algo que no se puede negar) nació en un día como hoy, 20 de abril pero de 1959 en Blackpool, Inglaterra. Fue criado en la religión católica y comenzó a tocar la guitarra apenas entrando a la adolescencia (unos dicen que a los 11, otros que a los 13 años).

Hacia 1976 comenzó lo que posteriormente llegaría a ser The Cure al lado de Lol Tolhurst, Michael Dempsey y Porl Thompson. Sin embargo, tal vez no valga mucho la pena adentrarnos dentro de la biografía de la banda que en un principio se llamó Malice, luego Easy Cure y finalmente The Cure. Basta decir que hasta el día de hoy Smith es el único que ha permanecido en ella durante sus 36 años de vida, siendo el compositor principal y el jefe en cuanto a la dirección musical de la misma, con todo y que él asegura no ser un controlador, simplemente alguien que “disfruta hacerlo a su modo”.

Curiosamente (o tal vez no tanto si miramos las letras de algunas de sus canciones) una de las palabras que parecen definir mejor a Robert Smith es “gótico”, muy a pesar del cantante, quien siempre ha dicho no sólo que él no se viste o se ve así porque forme parte de esta cultura, sino que incluso ha intentado (siempre impulsado por rebeldía) separarse de la misma:

“Cuando me uní a Siouxsie And The Banshees sabía que me estaba uniendo a una banda gótica, y que Siouxsie era un ícono gótico. De hecho, me convertí ipso-facto en un ícono gótico en ese momento. Cuando estaba en la banda decidí comenzar a usar pijamas -usaba el saco de una piyama azul a rayas-. Quería dejar claro que no era parte de ese mundo. Solía salir a beber con (Steve) Severin en el Batcave durante esos años y ciertamente no hay nada más gótico que haber bebido en el Batcave en 1983 junto a Steve Severin. Pero yo estaba usando una pijama”.

 Y el asunto es que, en cualquier reseña, entrevista o artículo sobre el inglés y su agrupación (incluida esta, sí), su música y personalidad siempre estarán ligados a lo gótico, lo oscuro, la parte oculta de la vida. De hecho, para muchos de sus fans más recalcitrantes, esa es la verdadera cara de The Cure. La otra, la de “Friday I’m in Love” y “Lovecats”, es sólo una pesadilla mercantiloide y vende-patrias a la que simplemente hay que ignorar. No obstante que el mismo Robert ha desechado estos argumentos e incluso, creo yo, se ha burlado de ellos con cada nueva entrega, poniendo un poco de amor en cada uno de sus discos, incluso los pertenecientes a la famosa “trilogía” oscura.

The Cure pasó de ser un grupo inmerso en el post-punk, con un sonido tremendamente crudo en sus primeros discos a las influencias góticas en ese famoso Pornography para luego adoptar una etapa mucho más rock-pop a partir de The Head on the Door. Y bien puede ser que para muchos se hayan vendido, pero yo creo más bien que fue la necesidad de Smith de seguirse divirtiendo y disfrutando su carrera lo que eventualmente llevó al músico a mejorar y cambiar su estilo, una evolución que por cierto, hay que aceptarlo, ya no es muy clara en sus discos más recientes.

Hablando de inspiraciones, hay miles de anécdotas de sobra conocidas sobre el origen de diversos temas. Tenemos por supuesto “Lovesong”, canción que sabemos fue un regalo de bodas para su eterna enamorada, Mary, con quien se casó un año antes de que el grupo lanzara Disintegration, una de sus mejores producciones con todo y que su disquera la consideró en su época como un “suicidio comercial”.

También las urgencias sexuales detrás de “Hot Hot Hot!!!”, o la carta de suicidio que estuvo detrás de “The Reasons Why”; o las más alegres como la emoción de estrenar un carro, ir a algún lado y estar enamorado en “Mint Car”; o sí, imaginarse a Smith cantando “Copacabana” en un club en Río de Janeiro mientras se desgranan las notas de “The 13th”.

En fin, tantos años, discos, melodías y éxitos en una carrera definida por la etiqueta gótico y el pelo largo y completamente despeinado de Robert y sus labios con pintura mal aplicada. Una imagen que ha sobrevivido pese a que todo el mundo: pues fans, periodistas y detractores han insistido en que debe de irse en algún punto, ante lo que Robert ha tenido una simple respuesta: “no conozco otra forma, a mi esposa le gusta y yo no sé cambiar” (¡y se friegan! podría agregar yo).

Y ese es el chiste. Que una banda como esta tiene tantos detractores como fans, y tantas definiciones tan equivocadas como ciertas. Porque sí hay un The Cure obscuro y que ciertamente podría entrar en la categoría “gótica”, con todo y que el inglés asegure que no siempre está triste. A mí por ejemplo me llama muchísimo la atención que, a la par de haber compuesto una canción como “Lovesong”, el músico haya sido capaz de escribir esa deliciosa oda al cinismo, la separación y las fallidas promesas de amor eterno que es “Disintegration”, con todo y que en esa misma época estaba a punto de cerrar el contrato que de por vida lo ha unido a Mary, su novia desde la adolescencia ( claro que, también puede ser que esta no sea una melodía dedicada a la separación matrimonial sino a la grupal, pues en ese momento The Cure pasaba uno de sus momentos más difíciles, con numerosas peleas entre sus integrantes).

Al final, ese es el asunto. Que, por más que queramos definir a Robert Smith y ponerlo dentro de una cajita, el músico nos ha mostrado a lo largo de los años diferentes facetas, caras, maneras e componer y de pensar. Así que podemos dividirnos entre los “superficiales” que cantan con alegría “Boys Don’t Cry” o los orgullosamente “góticos” que se regocijan con “Play for Today” o “One Hundred Years”. Pero mejor quedémonos en el medio, para disfrutar de un hombre que a lo largo de su vida ha sabido musicalizar nuestros momentos tristes pero también los alegres; al creador de una banda que, nos guste o no, es referencia obligada en la música actual y que, a pesar de todo, ha permanecido fiel a sus ideales, con todo y que estos no calcen en las ideas preconcebidas que todo el mundo tiene sobre Robert Smith y The Cure.

Un hombre y una agrupación que han navegado lo mismo por las aguas del rock y el post-punk que del funk, el pop y a la electrónica. Que comenzó con una formación tradicional, tal vez un sintetizador travieso aquí y allá, para seguir adelante con más sintetizadores, melodías pop-repetitivas “muy simples” e incluso mariachis; pero que al final logró (lograron) construir un sonido propio, dejar una huella y ponernos en un mundo en el que la voz de Smith y su música son simplemente inconfundibles. Porque uno sabe, en el primer minuto de una canción, que ese es Robert Smith y no hay más.

Ciertamente podríamos hablar de los defectos (y hay muchos, por qué no decirlo) y malas épocas de este ícono del rock. Pero hoy es su cumpleaños y quería celebrarlo. Y no hay mejor manera que escuchar su música, que al fin y al cabo es lo que mejor podría ayudarnos a definir (o siquiera acercarnos a definir) al gran Robert Smith.

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