El Smart Power de China y el ajedrez en la hegemonía regional

 Por: Jamie J. Morris

chinaLa política exterior de un Estado es un aspecto que solo puede emprenderse exitosamente al hacer un ejercicio racional que permita establecer cuáles serán los fines, objetivos, medios e instrumentos a llevar a cabo para materializar nuestro interés o ideal nacional.

La importancia que reviste es que permite que el Estado se comporte con coherencia ante los retos del mundo de hoy, o mejor dicho, ante lo que los líderes y élite gubernamental consideren es el mundo de hoy.

Una correcta lectura del entorno no es una cuestión fácil, estamos ante realidades cambiantes, difusas, donde el peligro no solo viene de las ansias de poder y búsqueda de seguridad de otros Estados que se representan en gobiernos de cualquier ideología sino que vienen de nuevos actores no estatales que usan la violencia, el odio, la religión y el extremismo como manera de incidir en la política.

Ante un panorama incierto donde se hace necesario mayor cooperación por la interdependencia no solo de la economía sino de los conflictos, el escoger dentro de la gama de países con que se cohabitan quienes serán los posibles amigos, rivales, neutrales, competidores o enemigos con base en nuestro interés o ideal nacional es fundamental, ya que en política estos adjetivos son cambiantes, pues los países tienen intereses propios que pueden disfrazarse de acuerdo a la conveniencia, y es ahí donde corresponde a cada país no ser incauto.

Nuestro país ha profundizado relaciones diplomáticas con países de los cuales seguro no todos pueden conocer a plenitud su idiosincrasia, religión o moral nacional, lo que conlleva a pasar por alto las repercusiones de las mismas dentro de los ciudadanos, sin embargo, no debería de ser así entre quienes dirigen la línea del gobierno, que demuestran como la terquedad ideológica lleva a subestimar o exagerar según sea el caso, quienes son y pudieran constituir verdaderamente una amenaza, ignorando por completo la dinámica en que juegan “las grandes potencias”.

En este caso, China, no es solo un “benevolente” país que con una gran economía puede adquirir infinidad de materia prima en América Latina, comprar petróleo y concedernos créditos en formas de pago consideradas para seguir llevando a cabo políticas públicas populistas; no es solo un país emergente, sino que es una potencia regional en Asia y como toda potencia no se puede perder de vista que busca un crecimiento continuo y una exportación masiva de sus productos para tal cometido y que adicionalmente experimenta una rivalidad con Estados Unidos, enmarcada en sus respectivas áreas de influencia, lo que por consiguiente nos arropa como objeto de estratégico de manipulación más que como un aliado en el que pueda haber una relación ganar-ganar.

Si Estados Unidos declaró con el gobierno de Obama el “giro a Asia”, bajo la Secretaria de Estado Hillary Clinton, con el fin de calmar las inquietudes sobre el crecimiento del poderío de China en el sudeste asiático, éste de igual manera declaró tácitamente el “giro a América Latina” y en tanto dure el de Estados Unidos durará el de China, ya que lo está en juego es el equilibrio de poder en las regiones de las principales potencias y ninguno quiere perder espacios de poder y seguridad, ni dejar que el contrario aproveche los recursos de su espacio vital, presentándose un juego de ajedrez a la espera del jaque mate.

Indudablemente los países en dichas áreas de influencia pudieran sacar provecho de esta situación, pero en el caso de nuestro país no pareciera ser así, y el gigante de Asia cobrará a su merced cuando el tiempo y el contexto así lo amerite.

China ha estado aplicando lo que se conoce como el “smart power” o poder inteligente desde hace varios años, que en palabras de su precursor el intelectual norteamericano Joseph Nye es “acerca de encontrar las formas de combinar los recursos que tiene un país en estrategias exitosas en el nuevo contexto de la difusión del poder y el ascenso del resto”.

Esto se evidencia cuando se observa que el presidente Xi Jinping ha estado inmerso en una agenda internacional activa, con participación en las cumbres más importantes a nivel mundial y regional y ha querido brindar una imagen de pragmatismo en conflictos internacionales como en el tema de armas químicas en Siria y buscando formas de conectarse con sus vecinos en áreas comerciales y buscando de acuerdo a sus declaraciones el desarrollo y bienestar del pueblo chino con pasos para luchar contra la corrupción. De igual manera, ha destacado en los lineamientos de la política exterior de su país que se está comprometido con un “desarrollo pacífico” y que su auge no se producirá “a expensas de otros”.

Sin embargo a nivel interno no hay atisbo de progreso en el establecimiento de un sistema democrático y de los derechos humanos y en materia de políticas de seguridad sorprendió con la constitución de una Zona de Identificación de Defensa Aérea sobre el Mar del Este, demostrando que la seguridad no es un valor susceptible a cambio.

Con sus recursos económicos China ha implementado el “soft power” o poder blando, componente del nombrado “smart power”, el cual significa usar la influencia y la atracción como vías de lograr los objetivos políticos en vez de la fuerza con otros países.

De esta manera se ha convertido inclusive en el mayor tenedor de bonos estadounidenses y dentro de América Latina y en especial con Venezuela (por las condiciones internas de autoritarismo y desequilibrio macroeconómico en el país donde se necesita un fondo económico de auxilio) ha sido una estrategia que no ha requerido mayor complejidad.

No obstante, existe el “hard power” o poder duro, que es emplear la coacción mediante los recursos disponibles para obtener las alteraciones de conductas deseadas. Siendo entonces la estrategia inteligente el detectar con un liderazgo hábil el momento en que la combinación de ese “soft power” y “hard power” es propicio.

Es por ello, como esa ayuda o concesiones económicas de China a nuestro país que se constituyeron de una forma tan desequilibrada en favor de China pueden resultar en un arma de doble filo que puede pasar a convertirse en un mecanismo de coacción cuando el sistema internacional se lo indique a este gigante y supuesto nuevo mejor amigo, que aunque se considere como tal, sigue siendo una potencia que busca ascender y que, parafraseando a Tucidides, hará hasta cuanto pueda para ejercer su poder.

Jamie J. Morris

@morrisjamie

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